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Merkel y la Unión Europea, ¿nuestro “pato cojo”?

En EE.UU. cuando un presidente inicia su segundo mandato presidencial, se le llama pato cojo o rengo, o en inglés “a lame duck”. Es muy interesante esta figura en el mundo de la política, porque verdaderamente es cuando el líder puede ser más líder, o mejor dicho, más él.

Hace pocas semanas hemos sabido que la canciller alemana Angela Merkel ha renunciado en diciembre a liderar la CDU, y que tampoco repetirá en 2021 como candidata a canciller. Si llega a esa fecha y no hay adelanto electoral –el 52% de los alemanes piensa que habrá elecciones anticipadas–, llegará a estar como canciller el mismo tiempo que su padrino y predecesor, un europeo de pro, y amigo del socialdemócrata Felipe González, Helmut Khöl.

Por tanto, la mujer de hierro alemana lleva unos pocos días siendo libre, y tiene en sus manos modelar su legado. Puede apostar por apoyar a un declinante Macron en un impulso de la Unión Europea –en su vertiente fiscal, monetaria y presupuestaria–, o mirar hacia adentro, y consolidar la coalición con el SPD alemán (socialistas y socialdemócratas), lo cual es muy improbable, o simplemente apostar por que su legado sea el haber traído a Alemania un millón de inmigrantes y refugiados, lo cual parece imposible.

En estos momentos, es muy posible que Merkel sea la última de los líderes europeos que cree aún y bastante en el sistema de gobernanza mundial actual, basado en estados donde impera la ley, la democracia representativa y un sistema de instituciones internacionales y supranacionales que, a pesar de caracterizarse por una esquizofrénica competencia y cooperación, puede regular ciertas materias globales (por definición, el comercio, las finanzas, las catástrofes, el cambio climático, la paz).

La canciller alemana, Ángela Merkel.

En mi opinión, y puedo equivocarme, será fundamental para conocer el pensamiento y el legado de Merkel su discurso en la próxima cumbre internacional que tenemos más cercana, esto es, la primera edición del Foro de París sobre la Paz, que se celebrará en Francia este 11 de noviembre, en conmemoración del armisticio entre los Aliados y el Imperio alemán en la Primera Guerra Mundial (o civil europea). Además, como informa el, “el Partido Popular Europeo, en su congreso en Helsinki, debe elegir esta semana a su candidato a la presidencia de la Comisión Europea. El socialcristiano bávaro alemán Manfred Weber parte como favorito. Representa un giro a la derecha y la apertura a las derechas radicales que puede necesitar el Partido Popular Europeo tras las elecciones de mayo al Parlamento Europeo”.

Muy seguramente Merkel quiera ligar paz y globalización y su sistema de gobernanza, basado en pactos y acuerdos y en el derecho internacional, que creara como lo conocemos Groccio y nuestra Escuela de Salamanca. Avisará del riesgo del nacionalismo y de los extremismos, en definitiva, del riesgo de acabar con la actual Unión Europea. Asumirá que su estrella política ha fracasado en las encuestas y en los votos –varapalos recientes en las elecciones bávaras y en el estado de Hesse–, pero no moralmente, por defender un sistema de sociedad abierta frente a los que propugnan un sistema de sociedades cerradas (Putin, Trump, May, Le Pen, Orban, Erdogan, Salvini, Bolsonaro,…). Si pone el acento en todo esto, seguramente Angela Merkel pase a la historia europea como el primer padre fundador mujer de la Unión Europea, es decir, como la primera mujer estadista europea, como Khöl, Miterrand, De Gasperi, Schuman, Adenauer,

Pero cuando pienso en Angela Merkel no deja de aparecer en mi cabeza Sebastian Kurz, que echado ya en manos de la extrema derecha de su país, Austria, es posible que sea el que acabe por destruir la herencia democristiana y socialcristiana que aún queda en el Partido Popular Europeo. No en vano es el referente de la CSU bávara. Kurz, apoyado por el FPO –de pasado neonazi– ha desplazado a Austria hacia la órbita de los países de Visegrado (Polonia, Checa, Eslovaquia y Hungría), en los que diría existe una especie de atracción fatal por lo que Rusia representa, y cierto masoquismo histórico dicho sea de paso, y un fervor nacional-religioso en reacción a una Bruselas y un movimiento globalista que, no bastándole buscar la paz y la convivencia entre los estados, además impone como dogmas ideologías contrarias a la naturaleza humana.

Es difícil conjugar dónde quedarse. Merkel seguramente lo haya ponderado ya. Lo hizo ante Putin defendiendo el derecho de los LGTB de Georgia, si bien no dejó de darle la mano y sonreírle en un reciente encuentro bilateral, en el que por supuesto hablarían en ruso.

El reto de los políticos y otras élites europeas consiste en que van a tener que decantarse entre unos estados nacionales menos democráticos y participativos, por un lado, pero mejor preparados para competir en los mercados globales por su mayor agilidad en la adopción de decisiones estratégicas, por otro, o por el contrario, unos estados muy participativos, inevitablemente vulnerables a acciones exteriores-interiores-ciber, y menos ágiles en la toma de decisiones estratégicas. En paralelo, con la definición de la gobernanza de los asuntos globales y los mejores instrumentos para su gobierno.

Acertar con la elección, es decir, apostar por el mejor modelo que será el que genere menor conflictividad social y libertad, no es fácil. El gran adversario de Europa ha apostado fuerte por el primer modelo, y en estos momentos ya no espera que le ataquen detrás de la gran muralla, sino que se ha lanzado a la conquista comercial del mundo libre, en términos de la guerra fría. Un mundo que, por efecto de la digitalización, sin embargo, cada vez se puede decir que es menos libre (filósofo Byung-Chul Han) y que va presentando rasgos “moderno-autoritarios”, donde además proliferan ideologías globalistas, poco dadas a la transigencia y, de alguna manera, subversivas de lo que venía siendo la organización de la sociedad en los pueblos del oeste.

Veremos qué dice el 11 de noviembre Merkel. Veremos entonces si no es tan pato cojo como parece, o si lo es, y apela entonces a la libertad y a la paz como legados para una Europa que busca su lugar en el mundo entre los EE.UU, Rusia y China.