XXI ENCUENTRO: Mayo 2022, Segunda Lectura, post tertulia

SEGUNDA LECTURA (no pronunciada en la tertulia, sobre la que surge el texto leído anteriormente)

“HAY PROPÓSITO”

Filosóficamente el sentido de la vida y conocer la razón o razones para que estemos aquí, vivos, existiendo, existentes ha sido una constante. Pensar en que existe un propósito es pensar en la causa, aunque el azar anule para muchos esta posibilidad. Cuando el propósito de uno venía de alguna manera dado desde fuera, por una fuerza creadora como Dios, la cuestión del propósito quedaba de alguna manera respondida y la siguiente pregunta seria que se seguiría, si uno tiene algo de curiosidad, sería la pregunta acerca de la existencia de Dios.

 

Cuando Dios muere para algunos, y se vive en un mundo occidental donde al menos se puede vivir como si Dios no existiera o como si la muerte no existiera, ese sentido, muchos lo buscan hacia adentro del propio hombre, indagando en la persona, que sería límite de todo, cerrado a lo trascendente.

 

En todo caso, la siguiente pregunta seria cuándo se parte de que el propósito o el sentido de la vida de todo entonces está dentro de uno, lógicamente, sería preguntarse acerca de qué o quién es la persona.

 

En ambos supuestos, se da una búsqueda. Pienso que una cuestión incluso remite a la otra, y vinculando esta búsqueda con el mundo tecnológico, ¿permite o facilita la tecnología esta búsqueda personal? ¿Caer en querer sustituir la función que dios tuvo en la humanidad durante milenios? ¿Altera la propia noción de hombre, o de persona, concebida integralmente en todos sus límites? ¿Endiosa la tecnología al hombre o el hombre endiosa a la tecnología?

 

En todo caso, en este mundo en que vivimos, que siempre ha sido del “homo tecnológico” (nada nuevo bajo el sol salvo el tipo de tecnología) el sentido de propósito (para qué somos, para qué estamos aquí), vinculado al ser en el plano ontológico, se da recurrentemente. No hay más que ver a los nuevos mentores o coachers, antes gurús, antes curas. Su búsqueda es absolutamente pertinente y de hecho, sucede, acontece, se da entre nosotros. Buscamos todos ese propósito. Es bueno hacerlo en compañía, sin hacer daño a nadie. Conócete a ti mismo. Atrévete a … ser.

 

Sucede también que la tecnología a la que hemos llegado y nos hemos dado como humanos, y el modo en que interactúa con nosotros, que es como nunca antes (aquí hay una diferencia con el pasado), cuando se trata de ayudarnos a conocernos es altamente invasiva de nuestra noción actual de intimidad y privacidad, incluso de lo que concebimos como personal. En todo caso, habrá que reconocer que sí puede “ayudarnos” a conocer algo de nosotros, aunque solo sea limitadamente, categorizando nuestros gustos apetencias o aficiones, al quedar más o menos registradas en un histórico (otra cosa será nuestro acceso a tal información). Desde este punto de vista, desde una óptica de la persona reducida al consumo, y desde la óptica del “sistema”, sería eficiente este conocimiento. Albergo dudas empero de que a la persona le ayude… Como sabemos, esta tecnología, se caracteriza por la “memoria” que tiene del “pasado”, y su capacidad de pensar un futuro, absolutamente determinado por el pasado, gracias, en parte, a la capacidad de procesamiento de información de datos sobre las personas. Podría decirse que se genera una inteligencia sobre nosotros mismos exógena, como un dios o demiurgo que todo lo sabe -o cree saber- de nosotros, claro está, solo en el entendido de que nosotros fuésemos nuestros “likes”, gustos o aficiones en “Whatsapp”, “Instagram”, “Tik tok”, “Facebook”, etc. Sabe mucho de nosotros el éter digital, pero no es el Paraíso, acaso sea la serpiente, o el árbol de la Ciencia, o su manzana, por ir a un mito sumerio adoptado por judíos y cristianos.

 

Una tecnología tan radicalmente orientada al hombre, pero que no sitúa a la persona en el centro, si no al deseo insatisfecho (que siempre lo será), de la persona, aspira a saberlo todo de todos, acaso como una madre o un padre que confunden su papel en este mundo (una cosa es que los padres acaben sabiéndolo todo de uno, pero otra muy diferente es que la pretensión sea esta).

 

Por tanto, a diferencia de los padres, que si están sanos no han de aspirar a conocerlo todo de sus hijos, en el éter digital, en “cyberia”, en el “tecno mundo”, existe un “tecno poder” (en palabras de José María Lasalle) que sí tiene esa pretensión totalizante (he aquí una gran diferencia, otra).

 

Así pues, es fácil que el “tecno mundo” tienda a ocupar el papel que siempre se le otorgó a Dios, lo tenga o no, de modo que el propósito nos remitiría al “tecno mundo”, al “tecno dios” al “tecno poder”, y a su conocimiento total.

 

Ese presunto conocimiento interno de nosotros mismos, mediante las nuevas tecnologías, sería completo y hasta deseable, si el ser humano fuese una amalgama de datos personales, en busca de una inteligencia que lo rigiera, que nos diera el sentido o una orientación o un propósito. Entonces, podría bastar el “tecno dios”, su religión dataísta, y el gobierno del “tecno poder”, pero, sin embargo, no solo somos amalgama de datos personales basados en comportamientos o tendencias o, ni siquiera, somos amalgama de moléculas químicas.

Es indudable que la tecnología cuestiona el concepto incluso de persona. Si solo somos eso, datos, la inteligencia sobre nuestros datos personales tendería, como pienso que ya hace, a ser totalitaria y aniquiladora de la persona y de su libertad en última instancia, para hacerse preguntas, que están en nuestro fuero más interno y sagrado. Y, sin embargo, sabemos que no somos solo eso, y que el “tecno poder” y el “tecno mundo” se dará de bruces con el marco de la libertad de hacernos (hacerme) preguntas. Se topará con la misma libertad de buscar quién soy y con quién soy y cómo y de qué manera interactúo con otros en sociedad, para descubrir y saber quién soy. La misma libertad de la búsqueda de propósito sin determinación alguna y por tanto autónoma es un freno al “tecno poder”, y como comenta José María Lasalle, también lo es nuestra propia corporeidad, de donde nace toda cautela contra todo poder omnisciente (habeas corpus).

 

La tecnología actual, que entonces tiende a sustituir al buen dios, sin embargo, no llega a ser una herramienta que confíe en la libertad del hombre, sino que ayuda al hombre a conocerse, pero limitadamente partiendo de su historial de su pasado de sus errores o de alguna proyección de conductas de modo que la libertad creativa del hombre en la búsqueda de sí mismo, con otros en sociedad, y en el marco del derecho, no llega a tener lugar o se cercena muchísimo. Es decir, lejos de ser una ayuda la tecnología actual digital es claramente un riesgo, puesto que no crece el hombre en su comprensión de sí mismo, ni en su búsqueda del sentido o de propósito en este mundo terrenal y corporal, porque el hombre se queda como petrificado siempre mirando atrás como la mujer de Lot y no trasciende (no lo sugiero al modo del superhombre de Nietzsche o del transhumanismo) sino que simplemente no trasciende cómo ser abierto a hacerse las preguntas existenciales. Como Naturaleza o biología pensante, y en su cúspide.

 

Llegados a este punto, no es de extrañar que un liberal como nuestro invitado José María Lasalle nos avise de los riesgos de la civilización riesgos, que tienen su impacto, como las ondas de una piedra en un estanque, en las instituciones que son siempre reflejo de la persona y sus contradicciones y de la propia sociedad. Tampoco es extraño que Leonardo Cervera nos señale el camino del humanismo, y que lo hiciera al día siguiente nada más y nada menos que en la Universidad de Salamanca.

 

Uno piensa que profundizando en la vocación personal, en la búsqueda del propósito personal creyendo que existe un propósito y una finalidad para nuestra existencia, el conocimiento de nosotros mismos y de la realidad será posible pero parece que la civilización del “tecno poder” quiere conocernos a nosotros de una manera extraña al hombre, encerrándonos en un “metaverso”, de un modo agresivo, anulando nuestra corporeidad, que en parte es anular también el papel del estado (que controla el Código Penal y las penas privativas de libertad). Un “tecno poder” que determinándonos y moldeándonos controla la búsqueda y el anhelo humano, no dejando resquicio alguno para la libertad creativa del hombre, cercenando por tanto en su proceder a nuestro propio propósito y sustituyendo nuestra libertad, forzándonos como ese dios que oprime, como sus normas cuando no se sustentan en el Amor. Normas logarítmicas, las 10 tablas de la ley informática, sea dios o sea la sociedad o sea el estado, en peligro se encuentra el núcleo esencial de dignidad del hombre.

 

Cuando uno se sabe perdonado, cuando el pasado ni el historial de conversaciones ya no pesa en la vida de uno más que lo justo y necesario, la fuerza ya no vale y la inteligencia exógena fenece tal estatua de un dictador arrastrado por las ansias del pueblo por liberarse.

 

¿Podrá el liberalismo controlar, evitar, remediar lo que está por venir, las eventuales arbitrariedades del “tecno mundo” de la civilización?

 

Es lo que hemos querido tratar de comprender de la mano de José María Lasalle y de sus libros, en conversación con Leonardo Cervera.

 

 

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