El Reino Unido y la Unión Europea. ¿Rule Britannia?

“Hay niebla en el canal. El continente queda aislado”. Es una de las frases que describen el genio del espíritu británico.

Esta niebla, ahora podría ser el borrador de Acuerdo de 585 páginas sobre el Brexit, que se alcanzó esta semana pasada. Un borrador de Acuerdo cuestionado por dos dimitidos ministros y cinco que aún lo son -entre aquellos, el que estaba a cargo del Brexit (¡!)-, y por una porción nada desdeñable de diputados tories, y que teniendo en cuenta que tampoco es apoyado –por ahora, pero ya conocemos a los nacionalistas- por el partido norirlandés con representación en el Parlamento –que amenaza también con bloquear los presupuestos generales- , hará muy complicada su aprobación. También, la supervivencia de una May que era antes de que ganara el Brexit una de las “remainers” (pro Unión Europea), y no una “brexiter”.

 

Mi valoración es que se trata de un mal acuerdo para los “brexiters”, que se quieren ir, porque se van a cámara lenta y sin dar un portazo, y un mal acuerdo para los “remainers”, porque se van en todo caso, y porque este acuerdo no fuerza (aun) un segundo referéndum, que en todo caso, casaría mal con la democracia (votar y votar hasta que salga quedarse).

No les gusta a nadie, y tal vez sea lo único que haga bueno el acuerdo a ojos de la opinión pública, así como que May se pliegue a gobernar una salida en la que no creía aceptando la voluntad de la mayoría –lo cuál es valorado por los más acérrimos defensores de la tradición inglesa-. En cualquier caso, si tiene un logro este acuerdo es generar la sensación en la conciencia de la sociedad británica, de que no hay vencedores y vencidos, de que todos pierden. En España, esta conciencia es al revés. Sólo unos piensan que han perdido y otros no creen haber ganado. Todo, a pesar del abrazo que se dio la “Generación del 78”. Abrazo que quedó retratado en la Constitución. Volviendo al caso inglés, en cuanto a la percepción de que gana la Unión, para una parte muy sustancial de la población es así, lo cuál no es bueno “in fine” para la causa de la unidad europea en el Reino Unido, pero es un aviso a navegantes al resto de países de la Unión.

A primeros de diciembre del año pasado se sentaron las bases para este Acuerdo sobre tres grandes victorias para los intereses de la Unión Europea: los derechos de los ciudadanos comunitarios en las islas; el coste del divorcio; la no existencia de frontera entre Irlanda y el territorio británico de Irlanda del Norte.

Con el nuevo acuerdo, la Unión se garantiza un período de tutela sobre el Reino Unido de, mínimo, dos años, en que ésta no tendrá ni voz, ni voto, ni representantes en el Parlamento europeo, y sí le aplicará todo el acervo comunitario.

Sucintamente, el Acuerdo concede el derecho a permanecer y continuar en sus trabajos y su situación a más de 3 millones de europeos comunitarios en el Reino Unido, y más de 1 millón de británicos en la Unión. Por ejemplo, los trabajadores comunitarios en Gran Bretaña podrán permanecer  bajo condiciones básicamente iguales, quedando prohibida cualquier discriminación por razones de nacionalidad, y asentándose el principio de ser tratados de igual manera con relación a nacionales del país anfitrión. Eso sí, tendrán que instar un nuevo permiso de residencia que se tornará en permanente, aparentemente sin problemas –incluso en el caso de parados-. Igual sucede para los estudiantes, e incluso podrán buscar trabajo o ser autónomos en el Reino Unido –previa solicitud de un nuevo permiso de residencia-.

Se han negociado todos los asuntos posibles. Desde derechos de propiedad industrial, pasando por cooperación policial, uso de datos personales, adquisiciones públicas, cooperación judicial, procedimientos judiciales y administrativos, procesos de investigación por ayudas de estado -durante 4 años después del fin del período de transición (31.12.2020) el Reino Unido queda sujeto a las reglas de la UE-, que el Reino Unido deba trasponer a su ordenamiento interno 3 directivas de la UE en materia fiscal –Código de Conducta en materia de impuestos de la UE, de intercambio de información fiscal y relativo al deber de información de las compañías de inversión –lo que complica bastante ser un paraíso fiscal-, cláusulas de irreversibilidad en materia social, medioambiental y laboral –que complica a las Islas ser una especie de Singapur en Europa, etc.

Si esto se ve como una derrota en el Reino Unido es porque las bases del Brexit partían del derecho a discriminar a los ciudadanos no británicos -como en la época de Isabel I y hasta hace bien poco, se podría discriminar a los católicos (aun hoy no pueden ser reyes de Inglaterra)-. Si es una victoria en la UE es porque no se pensaba nunca discriminar a los británicos.

Sin duda alguna, no es buen acuerdo para los “brexiters” más radicales. Los que querrían ver el canal convertido en un océano. No ven París mucho más lejos de lo que está actualmente. Tampoco se acercan a China ni a ese paraíso fiscal anhelado.

En todo caso, May no sabe cómo vender el resultado de una negociación que ha durado dos años, y que prevé un período de transición que puede ser prorrogado una y otra vez. Ni a propios, pero tampoco extraños, parece convencer este Acuerdo.

El futuro no pinta bien para los conservadores británicos, a los que solo les une el horror de tener delante de ellos a un partido laboralista izquierdista, dispuesto a acabar con un estado de impronta “tacherista” (por la Dama de Hierro Margaret Thatcher). Pero aun ganan en las encuestas. Aunque Jeremy Corbyn bien sabe remontar en campaña electoral.

Hay un asunto que como jurista no quiero dejar pasar. Sirve para comprender  que no todo está perdido para una transición tranquila y ordenada, que es lo que este Acuerdo garantiza. Es la prevalencia del derecho de la Unión Europea.

La última palabra la va a tener ante un conflicto la Corte de Justicia de la Unión Europea (o Tribunal). No obstante, se ha ideado una magnífica pasarela que hace que la intervención de la Corte no sea automática, sino que debe mediar una valoración previa, que ha de realizar un panel de 25 árbitros (10 propuestos por Reino Unido, 10 por la Unión y 5 de manera conjunta), sobre si una determinada cuestión se debe conocer a la luz del derecho de la Unión o no –y antes, un comité político se habrá pronunciado al respecto-. Pero esto vaya usted a decírselo al señor Smith, que cría vacas en las verdes praderas de Gales y muy probablemente lo perciba como un traspié de la primera ministra May.

Lo que es evidente es que ahora, el Reino Unido está sociológicamente y políticamente dividido. Sucede como en el País Vasco hace quince años, o actualmente en Cataluña. Es una nueva división entre lo urbano y lo rural, entre los que abrazan la globalización como oportunidad -a pesar de los resultados evidentes en cuanto a sueldos bajos, trabajos precarios y temporales y familias súper-reducidas-, o como una pérdida de tradiciones y de arraigo. No es una cuestión de izquierda o derecha. Es una cuestión más honda, casi de concepción de la persona, y sobre todo, de la ciudadanía y de las relaciones que se dan en ella, y entre sus grupos sociales (Putman). De la visión de lo que es un ciudadano. Así, puede ser un “brexiter” un conservador de libro, como un radical izquierdista anti globalización.  

Posiblemente, no se conozca el verdadero alcance de la decisión de David Cameron – el mayor jugador de apuestas y político inconsciente, al menos desde la Inglaterra del siglo XVIII, época en que les dio por apostar, sobre todo a las clases pudientes, por todo tipo de causas ridículas-.

 Como se sorprende el periodista y ex jugador de criquet Mike Atherton (“Gambling: a Story of Triumph and Disaster”), en la actualidad, este hábito de apostar “no solo se tolera, sino que sorpresivamente se fomenta”.

Pues vengan las apuestas, pero desde luego el Reino Unido tendrá una mano atada esta vez durante al menos 15 años o una generación, para hacer lo que siempre ha hecho, enredar para que ninguna nación europea prevaleciera en el continente sobre el resto. Con un continente unido, veremos cómo se juega al típico juego geopolítico inglés. Y veremos también quien le querrá liberar esa mano.

“Rule, Britannia! Britannia rule the waves. Britons never never never will be slaves” (“¡Gobierna, Britania! Britania gobierna las olas. Los británicos nunca, nunca, nunca seremos esclavos”).

 

 

 

 

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España, Europa y la nueva sociedad global planetaria

Decir que España y la Unión Europea deben afrontar su pérdida de prestigio, poder e influencia internacional es abordar de manera nada sutil un problema de estado para una Europa sin estado y para una España con un estado cuestionado por sus propias regiones autónomas.

Basta con leer algunos de los diarios internacionales más prestigiosos para que la realidad se imponga a cualquier idea o sentimiento preconcebido que tengamos. En realidad, la pérdida de prestigio internacional no es una causa con vida propia, sino que es la consecuencia de una realidad anterior. No se trata de la debilidad geopolítica de que Europa apenas represente el 7% de la población mundial, cuando a principios del siglo XX éramos el 20%, o un PIB cada vez con menor peso mundial. La causa es muy distinta, y es común para España y la Unión Europea. Hemos perdido el afecto, el interés y la voluntad de sentirnos europeos y, en el caso de España, también españoles, como proyectos de vida en común de todos. También hemos perdido el impulso de proyectarnos al futuro, dados los niveles de natalidad menguante. El caso británico y su Brexit, la pésima gestión del conflicto con Rusia en Siria (y Ucrania y Georgia), la crisis griega o el drama de los refugiados mediterráneos, son botones de muestra de una Europa sin fuelle, compuesta por unas naciones que apenas pueden respirar en un mundo globalizado.

Estas ausencias nos llevan a preguntarnos sobre las razones de que no exista compromiso ciudadano para abordar la construcción nacional española y la construcción europea sobre las bases de la persona, y sí, en cambio, proyectos más limitados y localistas, basados en el enfrentamiento de clase (revolución, populismo) o nación (nacionalismo), donde la persona es un instrumento para un fin que se dice mayor, en vez del fin último del sistema como sucede en las grandes democracias del Occidente, las democracias de la vida cotidiana y de las cosas sencillas –hasta lo de Brexit, Reino Unido era una de ellas, pero se ha dejado vencer por el racismo, la xenofofia y su inveterado aislacionismo isleño–.

La ausencia de la necesidad de interdependencia o de la noción de que somos del todo dependientes por parte de la población europea en general, y española en particular, es una cuestión tal vez algo más fundamental que la primera ausencia referida –ausencia de proyecto de vida en común–, pues se adentra en la propia realidad constitutiva de la persona.

Europa y España, y el resto de las naciones europeas, son realidades milenarias que habitan dentro del corazón y la razón del hombre europeo en la categoría más amplia de Occidente. Éste viene a ser un pegamento intelectual donde tienen cabida palabras como libertad, derechos humanos, estado de derecho (rule of law), separación de poderes, pesos y contrapesos (check and balances) y, sobre todo, el individuo como motor de la sociedad. No es la sociedad ni el colectivo el motor de los deseos aspiracionales del individuo, sino que este debe sentirse libre y comprometido para perseguir sus propios ideales. El reto es, por tanto, conjurar los riesgos de toda manipulación partidista de los anhelos del hombre y de sus deseos de mejora y bienestar, puesto que, hoy por hoy, aparecen enfrentados al del resto de europeos y españoles. Se puede decir que el miedo impera en la relación con los otros.

En los últimos años, en tales realidades hemos abandonado a su suerte el sentimiento de pertenencia. La sensación de certeza sobre la comunidad a la que pertenecemos. En el caso español, hemos perdido con el modelo autonómico la interdependencia, que se sustenta en la solidaridad y la pertenencia. Hemos puesto el acento en las “autonomías”, y no en las “comunidades”. De igual modo, Europa, que es mucho más que la Unión Europea, y muy anterior, ha renunciado a la búsqueda del qué somos, y de nuestra pertenencia, en aras de la interdependencia, pero esta ha sido únicamente económica, siendo un primer paso que nuestros padres fundadores debieron dar como imperativo moral, pero que nosotros, sus “hijos fundadores”, no hemos sabido llevar más allá, hacia el encuentro con “el otro” europeo, en un nivel cultural.

En los momentos de crisis es donde se curten los hombres. Es en las circunstancias más comprometidas, precisamente, cuando los hombres afrontan las verdades y las preguntas que acompañan al hombre desde el momento en que nace hasta el lecho de muerte. Las razones para el compromiso, que son las mismas que las razones para vivir la realidad, se ven más nítidas y claras cuanto más oscuro y áspero sea el entorno. Si estamos solos, correremos el riesgo de perdernos. En la soledad surge en cambio con fuerza una necesidad que nos constituye desde nuestro ser más profundo: reconocemos que el antídoto es una compañía, concebida como una luz que nos acompaña en el caminar, basada necesariamente en la confianza, pues no estamos hechos ni hemos sido creados para estar solos.

La construcción de España y de Europa solo cabe abordarla nuevamente desde un humanismo que sea el de hombres y mujeres libres, amantes de su comunidad. Esto se llama humanismo. Cabe reconocer un origen humanista cristiano, vivido o sociológico, en el deseo de reconciliación y concordia tanto en el proyecto español como en el europeo, y tiene la característica de que no se impone, sino que se propone como modelo de vida y de convivencia, pues es todo menos ideología.

Si miramos a Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Jean Monnet, veremos hombres firmes con solo unas pocas convicciones, católicos casi todos practicantes, con una excepcional altura de miras, buscadores y vencedores de la paz, y sobre todo, creyentes. Gente, y en concreto políticos, que sabían que se necesitan razones y corazón en el proceso de construcción europeo. La posibilidad de la existencia de un orden superior es la posibilidad optimista de poder creer en el hombre, a pesar de la maldad a la que está llamado desde su lado más oscuro, acaso el más humano del corazón en contraposición a lo divino. Creer en el hombre europeo después de la contienda más espeluznante que los siglos de la humanidad hayan visto solo fue posible para ellos, sin duda, dada su condición de vivientes (así se llamaba en los primeros siglos a los cristianos), creyentes convencidos. Esa convicción les llevó a abrazar la realidad, y darse a ella, en la forma de compromiso social y político. A fin de cuentas, los católicos como ellos creen (creemos) en que el propio Dios se hizo hombre en nuestra propia historia, abrazando la dura realidad que nos toca vivir a todos. Sin duda, ellos sabían que actuaban libremente pues actuaban por amor, en la Verdad, dejándose tocar por esta, y porque debían actuar de esta forma siendo correspondientes con su propia humanidad.

Siguiendo al ex presidente de la república italiana, Giorgio Napolitano, en su intervención en el Meeting de Rimini del año 2011, se podría decir que

“en los padres fundadores se pudo observar cómo llevaron al compromiso político sus motivaciones espirituales, morales, sociales, su sentido del bien común, y su apego a los principios y valores de las instituciones democráticas. Su pasión, por tanto, por el hombre, en toda su dimensión”.

Lo mismo se puede aplicar a nuestra España querida, de la que somos meros usufructuarios. Lo mismo también a Europa, que está aún por construir.

Merkel y la Unión Europea, ¿nuestro “pato cojo”?

En EE.UU. cuando un presidente inicia su segundo mandato presidencial, se le llama pato cojo o rengo, o en inglés “a lame duck”. Es muy interesante esta figura en el mundo de la política, porque verdaderamente es cuando el líder puede ser más líder, o mejor dicho, más él.

Hace pocas semanas hemos sabido que la canciller alemana Angela Merkel ha renunciado en diciembre a liderar la CDU, y que tampoco repetirá en 2021 como candidata a canciller. Si llega a esa fecha y no hay adelanto electoral –el 52% de los alemanes piensa que habrá elecciones anticipadas–, llegará a estar como canciller el mismo tiempo que su padrino y predecesor, un europeo de pro, y amigo del socialdemócrata Felipe González, Helmut Khöl.

Por tanto, la mujer de hierro alemana lleva unos pocos días siendo libre, y tiene en sus manos modelar su legado. Puede apostar por apoyar a un declinante Macron en un impulso de la Unión Europea –en su vertiente fiscal, monetaria y presupuestaria–, o mirar hacia adentro, y consolidar la coalición con el SPD alemán (socialistas y socialdemócratas), lo cual es muy improbable, o simplemente apostar por que su legado sea el haber traído a Alemania un millón de inmigrantes y refugiados, lo cual parece imposible.

En estos momentos, es muy posible que Merkel sea la última de los líderes europeos que cree aún y bastante en el sistema de gobernanza mundial actual, basado en estados donde impera la ley, la democracia representativa y un sistema de instituciones internacionales y supranacionales que, a pesar de caracterizarse por una esquizofrénica competencia y cooperación, puede regular ciertas materias globales (por definición, el comercio, las finanzas, las catástrofes, el cambio climático, la paz).

La canciller alemana, Ángela Merkel.

En mi opinión, y puedo equivocarme, será fundamental para conocer el pensamiento y el legado de Merkel su discurso en la próxima cumbre internacional que tenemos más cercana, esto es, la primera edición del Foro de París sobre la Paz, que se celebrará en Francia este 11 de noviembre, en conmemoración del armisticio entre los Aliados y el Imperio alemán en la Primera Guerra Mundial (o civil europea). Además, como informa el, “el Partido Popular Europeo, en su congreso en Helsinki, debe elegir esta semana a su candidato a la presidencia de la Comisión Europea. El socialcristiano bávaro alemán Manfred Weber parte como favorito. Representa un giro a la derecha y la apertura a las derechas radicales que puede necesitar el Partido Popular Europeo tras las elecciones de mayo al Parlamento Europeo”.

Muy seguramente Merkel quiera ligar paz y globalización y su sistema de gobernanza, basado en pactos y acuerdos y en el derecho internacional, que creara como lo conocemos Groccio y nuestra Escuela de Salamanca. Avisará del riesgo del nacionalismo y de los extremismos, en definitiva, del riesgo de acabar con la actual Unión Europea. Asumirá que su estrella política ha fracasado en las encuestas y en los votos –varapalos recientes en las elecciones bávaras y en el estado de Hesse–, pero no moralmente, por defender un sistema de sociedad abierta frente a los que propugnan un sistema de sociedades cerradas (Putin, Trump, May, Le Pen, Orban, Erdogan, Salvini, Bolsonaro,…). Si pone el acento en todo esto, seguramente Angela Merkel pase a la historia europea como el primer padre fundador mujer de la Unión Europea, es decir, como la primera mujer estadista europea, como Khöl, Miterrand, De Gasperi, Schuman, Adenauer,

Pero cuando pienso en Angela Merkel no deja de aparecer en mi cabeza Sebastian Kurz, que echado ya en manos de la extrema derecha de su país, Austria, es posible que sea el que acabe por destruir la herencia democristiana y socialcristiana que aún queda en el Partido Popular Europeo. No en vano es el referente de la CSU bávara. Kurz, apoyado por el FPO –de pasado neonazi– ha desplazado a Austria hacia la órbita de los países de Visegrado (Polonia, Checa, Eslovaquia y Hungría), en los que diría existe una especie de atracción fatal por lo que Rusia representa, y cierto masoquismo histórico dicho sea de paso, y un fervor nacional-religioso en reacción a una Bruselas y un movimiento globalista que, no bastándole buscar la paz y la convivencia entre los estados, además impone como dogmas ideologías contrarias a la naturaleza humana.

Es difícil conjugar dónde quedarse. Merkel seguramente lo haya ponderado ya. Lo hizo ante Putin defendiendo el derecho de los LGTB de Georgia, si bien no dejó de darle la mano y sonreírle en un reciente encuentro bilateral, en el que por supuesto hablarían en ruso.

El reto de los políticos y otras élites europeas consiste en que van a tener que decantarse entre unos estados nacionales menos democráticos y participativos, por un lado, pero mejor preparados para competir en los mercados globales por su mayor agilidad en la adopción de decisiones estratégicas, por otro, o por el contrario, unos estados muy participativos, inevitablemente vulnerables a acciones exteriores-interiores-ciber, y menos ágiles en la toma de decisiones estratégicas. En paralelo, con la definición de la gobernanza de los asuntos globales y los mejores instrumentos para su gobierno.

Acertar con la elección, es decir, apostar por el mejor modelo que será el que genere menor conflictividad social y libertad, no es fácil. El gran adversario de Europa ha apostado fuerte por el primer modelo, y en estos momentos ya no espera que le ataquen detrás de la gran muralla, sino que se ha lanzado a la conquista comercial del mundo libre, en términos de la guerra fría. Un mundo que, por efecto de la digitalización, sin embargo, cada vez se puede decir que es menos libre (filósofo Byung-Chul Han) y que va presentando rasgos “moderno-autoritarios”, donde además proliferan ideologías globalistas, poco dadas a la transigencia y, de alguna manera, subversivas de lo que venía siendo la organización de la sociedad en los pueblos del oeste.

Veremos qué dice el 11 de noviembre Merkel. Veremos entonces si no es tan pato cojo como parece, o si lo es, y apela entonces a la libertad y a la paz como legados para una Europa que busca su lugar en el mundo entre los EE.UU, Rusia y China.